lunes, 30 de abril de 2007
miércoles, 25 de abril de 2007
Kafka en la orilla
"A veces, el destino se parece a una tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
(...) Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena."
Haruki Murakami.
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domingo, 22 de abril de 2007
Bowling for Blacksburg
Parece que el señor Michael Moore ya tiene tema para una segunda parte de su laureado documental sobre la posesión de armas en los Estados Unidos. Casi ocho años después de la masacre de Columbine, los norteamericanos reviven con estupor una tragedia similar en la Universidad de Blacksburg, Virginia. Las trece víctimas que dejaron tras de sí los adolescentes Eric Harris y Dylan Klebold un 20 de abril de 1999 entre sus compañeros de instituto, antes de suicidarse ellos mismos, empequeñecen junto a los 32 muertos de que el joven coreano Cho Seung Hui ha sido responsable en Blacksburg –33 si contamos al propio asesino, también suicidado en última instancia–. La reflexión de toda una sociedad es inevitable, y el pensamiento de que algo no funciona en ella toma cuerpo de una forma clara y contundente. ¿Es normal que en un país tan adelantado cualquiera pueda disponer de armas sin apenas control? ¿por qué tanta violencia irracional entre los jóvenes? ¿acaso no tienen una parte mayúscula de responsabilidad quienes permiten e incluso fomentan esa violencia en el día a día? Tristemente, la sociedad estadounidense está "enferma", y su mal, mezcla de miedo y odio, se esparce por el mundo como la peste durante la Edad Media.
Mi mayor temor es que tan terrible enfermedad arraigue en una cultura –la nuestra–, que en las últimas décadas se ha comportado extraordinariamente permeable a las influencias del otro lado del Atlántico.
FRAN.
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