domingo, 28 de septiembre de 2008

Los aliens dicen ¡hola!

Deliciosamente genial. Últimamente no dejo de sorprenderme con la cantidad y calidad de buen material audiovisual que pulula por la red. Solo hay que estar un poquito atento a lo que pasa por delante de la pantalla y escoger con una pizca de sabiduría, pero no de la que se adquiere en los libros, sino de la que consigues soñando. Gracias Carmen, y a todos los que han puesto en circulación este vídeo.



FRAN.

martes, 16 de septiembre de 2008

La historia de las cosas

Uno de los vídeos más interesantes que he visto en mucho tiempo y que explica a la perfección, de una manera muy didáctica y crítica, el actual sistema de producción y consumo que impera en nuestro mundo. Si algo deja claro, es que la voracidad del capitalismo no tiene límites, y que debemos ponerle freno a cualquier precio, o éste se elevará hasta nuestra propia supervivencia y la del planeta que nos cobija. Dura veinte minutos, pero créanme, vale la pena verlo.



FRAN.

Si te resultó interesante y sientes más curiosidad por el tema, pincha aquí (está en inglés).

Si quieres saber quién es Annie Leonard, y acceder a otras páginas de referencia sobre este asunto, pincha aquí.

Escapar

lunes, 15 de septiembre de 2008

Una Foto Analgésica

Hay una fotografía que me gusta mucho. La tengo delante mientras le pego a la tecla. Fue tomada en París el 26 de agosto de 1944, al día siguiente de la liberación de la ciudad por la 2ª División Blindada del general Leclerc, donde figuraban antiguos combatientes republicanos españoles. El día anterior, la división había entrado en la ciudad llevando en cabeza a la 9ª Compañía, tan llena de compatriotas nuestros que varios de sus vehículos tenían pintados los nombres de Brunete, Ebro, Belchite, Teruel, Guernica, Don Quijote y Guadalajara; y en los partes de combate con las órdenes que el capitán de la 9ª, Raymond Dronne, dio ese día a sus unidades de vanguardia, figuran los nombres de los jefes de algunas de éstas: Montoya, Moreno, Gra-nell, Bernal, Campos y Elías.

La foto a la que me refiero es típica de la Liberación: arco de Triunfo, vehículos con soldados y la multitud entusiasmada. El semioruga que se ve en el centro de la imagen se llama Guernica y lleva a bordo a siete soldados: cinco de pie, el conductor y otro que va a su lado, también de pie. De los siete, este último es el único que no lleva puesto el casco. Es bajito –les llega a los otros, altos y apuestos, casi por los hombros–, lleva la camisa arremangada, y en vez de mirar al frente impasible y marcial como sus compañeros, mira a la gente con una gran sonrisa y un pitillo en la boca. Con esa foto suelo bromear, poniéndosela delante a los amigos: «Ejercicio de agudeza visual. Adivina quién es el español».

Hay fotos que queman la sangre y fotos analgésicas. Ésta es de las últimas. Cuando el telediario, el titular de periódico, la mirada que diriges alrededor o el espejo mismo te recuerdan con demasiada precisión en qué infame sitio vives, de qué peña formas parte y qué pocas esperanzas hay de que este patio de Monipodio llegue a ser algún día un lugar solidario, culto, limpio y libre, esa foto y algunas otras cosas por el estilo, que uno guarda en esa imaginaria lata de galletas parecida a la que usaba de niño para guardar tesoros –canicas, cromos, un tirachinas, una navaja de hoja rota, un soldadito de metal–, ayudan a soportar las ganas de echar la pota. Permiten mirar en torno buscando, más allá del primer y desolador vistazo, al fulano bajito y sonriente que, ajeno al protocolo solemne, mira a la gente, orgulloso, feliz de protagonizar tan espléndida revancha, cinco años después de haber pasado los Pirineos con el puño en alto, y en ellos quizá, apretado, un puñado de tierra española.

No sé cómo se llamaba el soldado del Guernica. Sólo sé que fue uno de los que cantaron ¡Ay Carmela! por las calles de París –el capitán Dronne lo cuenta en sus memorias– tras llegar hasta allí desde Argelia y el Chad, y luego siguieron peleando en Francia, Alsacia y Alemania hasta Berchtesgaden, la residencia alpina de Hitler. Él y los otros, que se echaron al monte al invadir Francia los alemanes o se alistaron en la Legión Extranjera, combatiendo en Narvik, Bir Hakeim, Montecassino, Normandía y la Selva Negra, llenando Francia de lápidas donde todavía hoy se lee Aux espagnols morts pour la liberté, consuelan la memoria cuando uno piensa en el modo miserable en que la Segunda República se fue al diablo; no sólo por la sublevación del ejército rebelde, sino también –qué mala información tenemos en este país idiota e irresponsable– por la vileza de una clase política mezquina, sin escrúpulos, capaz de convertir una oportunidad espléndida en un espectáculo siniestro. En una sangrienta cochinera.



Por eso me gusta tanto esa foto. Como digo, todos necesitamos analgésicos para ir tirando. Cada uno para lo suyo. Algunos, para hilar fino sin que el malestar, la náusea, te hagan meter a todo cristo en el mismo cazo. Es cierto que, en los últimos tiempos, en España ha tomado el relevo una nueva casta política irresponsable, infame sin distinción de ideologías, pegada a la ubre de los aparatos de sus partidos. Gente sin contacto con la vida real, que ni ha trabajado nunca de verdad ni tiene intención de hacerlo en su puta vida. Parásitos de la vida pública, profesionales del camelo y el cuento chino. Los que, amos de un tinglado nacional rehecho a su medida, ya nunca irán al paro. Y es cierto, también, que esa gentuza medra con la complicidad de una sociedad indiferente, acrítica, apoltronada y voluntariamente analfabeta, que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando le afecta a cada cual. Cuando truena. Esto es así, y el impulso, la tentación de mandarlo todo al diablo, ametrallando a mansalva, resulta lógico. Casi inevitable.

Por eso consuela tanto recordar, gracias a esa foto de París, que pese a todo, entre tanta basura y tanta chusma, siempre es posible dar con alguien que no se resigna. Que ni se rinde, ni traga. Tipos como el anónimo español de la División Leclerc: bajito, valeroso, descarado, sonriente. Con su pitillo. Capaz de recordarnos a todos, sesenta y cuatro años después, que siempre son posibles la dignidad y la vergüenza.

Publicado por Arturo Pérez-Reverte en XLSemanal (Nº 1090. Del 14 al 20 de septiembre de 2008).

martes, 2 de septiembre de 2008

Viva la Vida

Lo dijo... Confucio

El tipo más noble de hombre tiene una mente amplia y sin prejuicios. El hombre inferior es prejuiciado y carece de una mente amplia.

lunes, 25 de agosto de 2008

Invisibles

Unos científicos financiados por el Pentágono han logrado desarrollar por nanoingeniería –que no sabemos exactamente lo que es, pero que suena a ingeniería liliputiense, como la de esos atletas de la paciencia que levantan rascacielos con cerillas— un material que no absorbe ni refleja la luz. Cualquier objeto recubierto por él se torna invisible, o crea en quien lo contempla la ilusión óptica de haberse desvanecido. Los inventores del prodigio se han apresurado a aclarar –excusatio non petita...– que su experimento no tendrá aplicaciones bélicas; así que hemos de suponer que el Pentágono ha patrocinado la investigación para que los gordos puedan pasearse sin complejos en bañador, después de aplicarse una capita del material de marras en los michelines, como quien se aplica una crema bronceadora. Seguramente, la técnica desarrollada por estos científicos aún requiera muchos años de perfeccionamiento –o quizá tal perfeccionamiento nunca se logre–, pero entretanto la revista Science la ha divulgado a bombo y platillo, en una expresión más de esa tendencia sensacionalista que difumina las fronteras entre ciencia y especulación fantasiosa. Recuerdo que, hace algunos años, otra revista presuntamente científica nos informó que unos investigadores habían logrado teletransportar materia; pero todavía estamos esperando el día en que podamos desplazarnos al trabajo en un nanosegundo, evitando los atascos.

¿Quién no ha soñado en alguna ocasión con tornarse invisible? Enseguida nuestra imaginación calenturienta nos propone unas cuantas aplicaciones escabrosas o meramente lúdicas al invento: podríamos espiar los secretos de alcoba mejor custodiados, podríamos entrometernos en reuniones donde se discute el porvenir humano... o siquiera, más modestamente, en esas reuniones de amigos en las que sospechamos que se aprovecha nuestra ausencia para ponernos como chupa de dómine. También podríamos colarnos sin pagar en el cine, mangar en el supermercado sin temor a ser registrados por una cámara de seguridad, evitar encuentros indeseados, pasearnos desnudos entre la multitud... La aspiración de la invisibilidad aparece siempre asociada a nuestros pensamientos más turbios, o siquiera a una vocación gamberra o transgresora; también a un anhelo inconfesable de perdición: tarde o temprano, utilizaríamos la invisibilidad para delinquir, para conocer secretos que nos han sido vedados, para imponer nuestro dominio. Sobre esto ya reflexionaba Wells en su novela clásica, El hombre invisible.

Claro que, mientras aguardamos que estos científicos nos tornen invisibles, podemos seguir fingiendo que los demás lo son, sin necesidad de embadurnarlos de materiales diseñados por nanoingeniería. Una de las cosas que más me sorprendió cuando me vine de mi ciudad levítica a la gran capital es la habilidad desarrollada por la gente para mirar sin ver; habilidad que, en el tiempo transcurrido, se ha extendido también a provincias. Consiste en hacer como que la realidad circundante no nos inmuta; o, más exactamente, en hacer como que nada ocurre ante nuestros ojos. Hace algún tiempo, se divulgó con gran escándalo farisaico un vídeo en el que una muchacha era vapuleada en el metro por un orate mientras otro pasajero permanecía impertérrito; en realidad, aquel pasajero no se comportaba de modo distinto a como lo habríamos hecho la mayoría de nosotros, pero durante unas semanas se convirtió en el chivo expiatorio de un pecado colectivo. Las sociedades enfermas desarrollan mecanismos hipócritas de protección que les alivian la conciencia; y aquella especie de ordalía que se montó contra el pasajero pasivo, que no hizo sino poner a prueba una habilidad adquirida, fue una expresión altisonante de tales mecanismos. Pero existen otras menos paroxísticas, más –digámoslo así— sosegadas y benevolentes, con ese grado de sosiego y benevolencia que requiere el cinismo: una de las más cultivadas en nuestra época es la que podríamos llamar «caridad de lejanías», que a veces propicia auténticas orgías solidarias, consistente en apiadarse de las calamidades que suceden extramuros del atlas, allá donde siempre hay un tsunami o hambruna que estimule nuestra piedad profiláctica, mientras fingimos no enterarnos de la calamidad que aflige a nuestro prójimo más próximo, convertido por arte de birlibirloque en invisible.

Definitivamente, no hacen falta avances científicos para lograr la invisibilidad del mundo circundante. Basta con reprimir la piedad, o en dirigirla por elevación hacia la estratosfera; habilidad que nuestra época ha logrado sin patrocinios del Pentágono.

Publicado por Juan Manuel de Prada en XLSemanal (Nº 1087. Del 24 al 30 de agosto de 2008).

Petronas - Tan Hong Ming

miércoles, 6 de agosto de 2008

Lo dijo... Jan Valtin

La alegría de vivir es la alegría de experimentar el sentimiento de las propias fuerzas.

miércoles, 23 de julio de 2008

Lo dijo... Raymond Kurzweil

La especie humana es aquella que busca ir más allá de sus limitaciones; aunque cambiemos y mejoremos nuestro sustrato biológico, seguiremos siendo humanos.

sábado, 28 de junio de 2008

Mis disculpas

Bueno, ya era hora de escribir un par de líneas en el blog, que hasta telas de araña asoman por algunos recodos. Lo cierto es que me prometí a principios de año mantener actualizado este blog, cuanto menos, dos o tres veces por semana, pero no he podido hacerlo. "Demasiado trabajo", "demasiadas ocupaciones", y estas últimas semanas con el jaleo de la mudanza de casa (los que hayan cambiado de vivienda alguna vez en su vida saben perfectamente de lo que hablo) sin tiempo "pa ná", y ni siquiera tengo aún internet en mi pisito... Pero no importa, no se asusten, no voy a desistir de reactivar este mi modesto espacio. En cuanto las circunstancias me permitan disponer de algún excedente de tiempo en mi jornada cotidiana y la logística ocupe su lugar (nueva línea adsl), espero regresar con más fuerza y asiduidad que nunca.

Entretanto, un saludo muy afectuoso a todos mis (pocos pero inestimables) lectores.

FRAN.

lunes, 16 de junio de 2008

Lo dijo... Ovidio

Apresúrate; no te fíes de las horas venideras. El que hoy no está dispuesto, menos lo estará mañana.

jueves, 5 de junio de 2008

5 de Junio: Día Mundial del Medio Ambiente



Porque aún es posible salvar nuestras almas si salvamos el alma del mundo.

sábado, 31 de mayo de 2008

Lo dijo... Marco Tulio Cicerón

No hay nada hecho por la mano del hombre que tarde o temprano el tiempo no destruya.

lunes, 21 de abril de 2008

A Dove Film

La subestimación de la amenaza climática

James Hansen, uno de los mayores expertos en clima de la NASA, reconoce haberse equivocado en sus previsiones iniciales sobre las reducciones en la emisión de dióxido de carbono que las naciones industrializadas deben tomar para evitar una catástrofe climática. Sus estimaciones le llevaron hace algún tiempo a sugerir que tal rebaja en la cantidad de CO2 en nuestra atmósfera tendría que llegar hasta las 450 partes por millón (ppm). Sin embargo, estudios más recientes emprendidos por un amplio equipo de científicos internacionales del que forma parte han reducido esta cifra a 350 ppm.
La conclusión no puede ser más pesimista, dado que, por ejemplo, los actuales objetivos de reducción de emisiones de la Unión Europea, que son los más restrictivos del mundo, se conforman con 550 ppm.

En palabras de Hansen al diario The Guardian: “Si nos quedamos en 450 ppm (es decir, el objetivo que ahora demandan la mayoría de activistas y científicos climáticos) durante bastante tiempo, es probable que se derrita todo el hielo. Eso es un aumento del nivel del mar de 75 metros”. Por lo tanto, “lo que hemos descubierto es que el objetivo hacia el que todos estábamos apuntando es un desastre, un desastre garantizado”.

James E. Hansen dirige el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, en Nueva York, y es profesor adjunto del Departamento de Ciencias Medioambientales y de La Tierra en la Universidad de Columbia, siendo considerado una eminencia mundial en materia de cambio climático. Hace unos años su cara se hizo famosa tras protagonizar una encarnizada polémica con el Gobierno de EEUU, cuando denunció que los estrategas de comunicación de la NASA habían tratado de silenciarle.

FRAN.

Fuente: elmundo.es.

Ecoogler

Ecoogler ya no es beta. La versión final del "buscador ecológico" impulsado por Google y Aquaverde ha entrado en funcionamiento recientemente ampliando sus servicios hasta ofrecer exactamente las mismas posibilidades de búsqueda que la más popular de las herramientas de internet. Ni que decir tiene que su tecnología es 100% Google, y los resultados que muestra idénticos. ¿Por qué usar entonces Ecoogler en lugar de Google como buscador? Pues muy simple, porque usando Ecoogler estaremos contribuyendo sin esfuerzo alguno a la reforestación del Amazonas. Con cada búsqueda realizada en Ecoogler, contribuimos simbólicamente a reforestar una hoja. Por cada 10.000 búsquedas/hojas, Ecoogler dona el dinero necesario para que se plante un árbol en el Amazonas.

FRAN.

Apoya Ecoogler.com el buscador ecológico

lunes, 14 de abril de 2008

Lo dijo... Jacinto Benavente

Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida?

viernes, 4 de abril de 2008

Una pequeña historia muy simple

Había una vez un hombre que tuvo un sueño, en el cual Dios le encomendaba una importante misión:

-Debes cambiar el mundo, para convertirlo en un mundo mejor... -le dijo-.

Al día siguiente cuando el hombre despertó, se dijo:

-Y ahora ¿por dónde empiezo?, ¿entre todos los países del mundo?, pues empiezo con mi país, ¿y de todas las ciudades?, empiezo con la mía, ¿y entre todos los barrios?, pues empiezo con el mío, ¿y entre todas las viviendas?, pues empiezo por mi casa, ¿y entre todos los miembros de mi familia?, pues empezaré conmigo mismo...

Esos simpáticos muertos vivientes

La verdad es que cada uno se lo pasa lo mejor que puede, y en eso no me meto. Faltaría más. Especialmente en lo de vivir emociones intensas. Hay quien disfruta como un gorrino en un charco atado a una cuerda elástica y tirándose de un puente, quien corre en Fórmula Uno, quien les empasta las caries a los tiburones en los cayos de Florida y quien se lo pasa bárbaro dándose, metódica y rítmicamente, martillazos en los huevos. Cada uno tiene su manera de segregar adrenalina, y me parece bien. Siempre y cuando, por supuesto, cuando luego se rompe la cuerda, derrapa el bólido, el tiburón te dice ojos negros tienes o el martillazo te deja mirando a Triana, no vayas reclamando daños y perjuicios, y con tu pan te lo comas. Las emociones, en principio, son libres.

Por eso, supongo, nada tengo que objetar a que trescientos jóvenes aficionados a las películas gore, muertos vivientes, cementerios y casquería con motosierra –afición tan legítima como otra cualquiera– organicen una Marcha del Orgullo Zombie rebozados de carne podrida, borbotones de sangre, ojos colgando, muñones sanguinolentos y cosas así. Al grito de «Sangre, sangre, dame más sangre», los de la Marcha Zombie –lo correcto, por cierto, sería zombi, sin esa innecesaria e gringa– se pasearon el otro día por Madrid, y así me los topé en el paseo del Prado: fulanos bailando con el pescuezo rebanado o con un destornillador incrustado en un parietal, pavas con media cara que parecía arrastrada por el asfalto, muñones sanguinolentos y demás parafernalia del escabeche. Todo divertido a más no poder, oigan. De troncharte y no echar gota. O como se diga.

Tanto me divertí con el espectáculo, que todavía me estoy riendo. Se me parten los higadillos acordándome. Un chute, lo juro. Divino de la muerte. Me desternillo acordándome de mis zombis particulares, que no necesitan que los maquillen con sangre chunga porque el producto natural lo ponen ellos, por la patilla. Me lo paso de miedo cuando estoy un rato pensando, o me despierto de noche, y vienen a hacerme compañía en su Marcha del Orgullo Zombi particular. No pueden imaginar ustedes lo que disfruto yo, y lo que disfrutan ellos. Ahí querría ver a los aficionadillos del paseo del Prado. A ver quién es capaz de competir con una bomba en un cine de Bagdad o un morterazo en el mercado de Sarajevo. Los desafío a todos a competir con mi amigo el comandante Kibreab y sus sesos desparramados sobre un hombro, tirado en el suelo de la plaza de Tessenei, en abril de 1977. O con el fastuoso maquillaje natural de la guerrillera desnuda por la onda expansiva de una granada y con las tetas hechas filetes por la metralla, en el Paso de la Yegua, Nicaragua, 1979. También sería difícil imitar la gracia del negro macheteado en junio de 1988 en Moamba, Mozambique. O la del fulano de Hezbollah hecho un amasijo de carne y tripas en su coche alcanzado por un misil israelí cerca de Tiro, en 1990. O, para terminar y no extenderme mucho, el salero zombi de los treinta y ocho croatas que en septiembre de 1991 vimos Hermann Tersch, Márquez y yo mismo degollados en los maizales de Okuçani, Croacia: cadáveres muy canónicamente gore todos ellos –habrían hecho un brillante papel en la Marcha del Orgullo Zombi–, a los que no imaginan ustedes con cuánta gracia les colgaba la cabeza con la garganta abierta cuando los levantaban del suelo para enterrarlos. Es que me acuerdo, oigan, y me parto. Tan simpático todo, fíjense. Tan divertido.

Estoy lejos de ser el único que puede aportar carnaza fresca a la fiesta, no se crean. Vayan y pregúntenle a Gerva Sánchez, por ejemplo, cuántos muñones sangrantes y sin sangrar, con minas y sin minas, ha fotografiado a lo largo de su vida profesional. O a Alfonso Rojo, Miguel de la Fuente, Paco Custodio, Fernando Múgica y Ramón Lobo, veteranos miembros de la vieja y extinta tribu, que todavía se despiertan a veces preguntándose en dónde diablos están. Lo del Orgullo Zombi tiene que traerles bonitos recuerdos, supongo. Muchas imágenes divertidas y simpáticas. Seguro que les pasa como a mí: les preguntas por el hospital de Sarajevo –chof, chof, hacía el suelo encharcado de rojo cuando lo pisabas– después de un día de buena cosecha de francotiradores y artilleros serbios, y seguro que se rulan de risa. Como habrían hecho, sin duda, Julio Fuentes, Miguel Gil Moreno, Anguita Parrado, el cámara Couso, Juantxu y los demás que ya no están aquí para rularse. A cinco litros de sangre por cabeza, calculen el flash. Los imagino a todos bailando por el paseo del Prado, a los compases de No es serio este cementerio. Qué guay, tíos. De verdad. Menudo subidón.

Publicado por Arturo Pérez-Reverte en XLSemanal (Nº 1066. Del 30 de marzo al 5 de abril de 2008).